miércoles 25 de marzo de 2009

SIN NADA, PERO JUNTOS.


Güenas.


Me daba que era sábado y, como otras veces, había sido que no. Tenía la cabeza del primer café y del segundo cigarrillo. Una erección de porra de gris, urgencia de ir al lavabo, boca pastosa y apestosa y un espejo que devolvía un deje de fastidio. "Peor para tí" -pensé-. Todo indicaba que iba a amanecer.


Sabía que me llamaría, como cuando uno tararea la misma canción que está pensando su pareja. Estábamos sincronizados por el mismo techo y nuestra circunstancia de pareja gris. Anodina, diría yo. Para cuando aquel pensamiento, mi turgencia había desaparecido y ya podía ir a mear. Así que fui. A eso: a mear. Estaba aún un poco morcillona pero resignada, al fin.


Su voz me llamó en mala hora: "Antonio, Antonio: ven que ahora sí que tengo ganas", sonó con una tos interrumpida. No hice caso. ¿Para qué? Habíamos quedado que aquella noche no había manera.


Me fui a la cocina a tomarme un café con leche y a fumarme otro pitillo. Me rasqué el culo y pensé, una vez más, en la brevedad de los días. "Pues ahora te esperas", dije yo con autocomplacencia.


Desde la cama en la cabecera oscura salió nuevamente la voz en grito: "ven, que, ahora, ya me vienen las ganas". ¿Era verdad? Qué más daba si yo ya no estaba para juegos de penetraciones. Era ya de día y mi vida se reducía al recuerdo de mi última resaca.


Me lo tomé con calma y di tiempo al tiempo. De nuevo sonó: "si no vienes me lo haré yo en la soledad de ésta tu cama". Era el último aviso. No tendría más oportunidades para volver a mostrar mi fracaso y no estaba dispuesto a ello. De manera que me acerqué a la habitación, como el verdugo a montar el tornillo del vil garrote. "¿Cómo me pongo?" preguntó fríamente y sin más. "A cuatro patas y callando", contesté yo con arrogancia, como en las pelis equis. Pasó un minuto, o dos. "Un poco más adentro" susurró como con ganas. Pero a mí no me engañaba. No era la primera vez.


"Más adentro no me llega", refunfuñé contorneando el instrumento. Al fin, solté el líquido elemento entre gemidos y lamentos disimulados por su parte. Estaba caliente y espeso. Llevaba tiempo preparándolo y no era para menos. Cerré la puerta para que no curiosearan mis hijos, ya levantados, ni mi madre, visitante ella de fines de semana alternos. Estábamos sin nada, pero juntos. Solos, al fin.




Salió la mierda con facilidad. Primero sólida, luego como el cemento de una hormigonera, fluida y, por último, una especie de traca de boda de tercera.


Mi padre llevaba tres días estreñido y había que hacer algo.


ID: Qué bien te lo habrías pasado, marditamadre.
Os dejo la canción para que veáis qué bien combinan el romanticismo y lo escatológico.