
Desde que Daniel Goleman advirtiera al mundo de que estábamos perdiendo el tiempo analizando nuestra capacidad intelectual y de que, en general, somos todos una pandilla de tontainas que nos deprimimos porque no tenemos habilidades sociales, nuestro pequeño microcosmos ,-ése con el que dormimos todas las noches pero con el que no podemos follar-, ha dado un giro copernicano.
De un plumazo, este psicólogo, doctorado en Harvard, se ha cargado nuestra pobre autoestima igual que antaño hiciera Juan Pablo II con el comunismo,predicando, aunque no en el desierto. Así, sin más, cogió al pobre de Freud, añadió algo del conductismo y una pizca de neurobiología de los años ochenta, que siempre da rigor a los best sellers, y lo agitó todo en una coctelera sin darse cuenta de cuatro cosas fundamentales:
a) Que no puede uno hacerse rico a costa del sufrimiento ajeno, a no ser que, efectivamente lo reduzca, como no ocurrió con el Bio-Bac.
b) Que el cerebro humano es algo con lo que se nace, que funciona a base de impulsos eléctricos, químicos y grandes cantidades de glucosa.
c) Que la carga genética, se exprese o no, viene en el paquete.
d) Que lo que siempre se ha llamado interacción ambiental sobre el individuo y su cristalización en su psique es algo que también obedece a procesos neurobiológicos, no sometidos, por tanto a la voluntad del ser humano y, me temo que, irreversibles. La plasticidad neuronal, algo discutido pero en estudio, podría tener que ver en los buenos resultados de ciertas terapias como la de la resiliencia.
El Goleman este, ha conseguido algo perverso: culpabilizarnos de nuestras propias limitaciones con cuentos como "tú puedes cambiar tu vida", "el poder está en tu interior", frase donde las haya, o "usted no tiene amigos porque no quiere". No es porque nos huela el aliento o el sufrido sobaquillo. Es, en fin, porque somos la inutilidad elevada a la enésima potencia. Todo ello, en una sociedad donde no se busca el simple fluir sino la perfección, viene como anillo al dedo. Vamos, a mí me dicen que mañana, al levantarme, -soñoliento, agotado, sin muchas ganas de hacer nada que no sea quedarme en la piltra, como es natural-, debo repetirme quince veces mirándome al espejo: "yo no tengo miedo" (acentúese el "yo"), " yo saldré a comerme el mundo", "yo debo ser más asertivo", etc. y me lo creo. Pues, ¿no hay gente por ahí que lleva a sus hijos a hacer la catequesis y se ve tan natural, cercano y nuestro? Pues lo mismo. Se argumentará que no es idéntico, pero por ahí va.
Por lo menos, Antonio Egar Moniz lo tuvo mucho más claro: si uno es un desgraciado o padece una esquizofrenia que trae loca a la familia, hagámosle una lobotomía o, como hiciera Freeman, que ni siquiera era cirujano, clavémosle un punzón de hielo, con martillazo incluído, entre el comienzo de la nariz y el ángulo interno de la órbita ocular . Era eso, según la ciencia de la época, mano de santo. Más tarde, un paciente suyo le descerrajó ocho tiros y le dieron el Nobel -al neurólogo Moniz, no al paciente-.
De un plumazo, este psicólogo, doctorado en Harvard, se ha cargado nuestra pobre autoestima igual que antaño hiciera Juan Pablo II con el comunismo,predicando, aunque no en el desierto. Así, sin más, cogió al pobre de Freud, añadió algo del conductismo y una pizca de neurobiología de los años ochenta, que siempre da rigor a los best sellers, y lo agitó todo en una coctelera sin darse cuenta de cuatro cosas fundamentales:
a) Que no puede uno hacerse rico a costa del sufrimiento ajeno, a no ser que, efectivamente lo reduzca, como no ocurrió con el Bio-Bac.
b) Que el cerebro humano es algo con lo que se nace, que funciona a base de impulsos eléctricos, químicos y grandes cantidades de glucosa.
c) Que la carga genética, se exprese o no, viene en el paquete.
d) Que lo que siempre se ha llamado interacción ambiental sobre el individuo y su cristalización en su psique es algo que también obedece a procesos neurobiológicos, no sometidos, por tanto a la voluntad del ser humano y, me temo que, irreversibles. La plasticidad neuronal, algo discutido pero en estudio, podría tener que ver en los buenos resultados de ciertas terapias como la de la resiliencia.
El Goleman este, ha conseguido algo perverso: culpabilizarnos de nuestras propias limitaciones con cuentos como "tú puedes cambiar tu vida", "el poder está en tu interior", frase donde las haya, o "usted no tiene amigos porque no quiere". No es porque nos huela el aliento o el sufrido sobaquillo. Es, en fin, porque somos la inutilidad elevada a la enésima potencia. Todo ello, en una sociedad donde no se busca el simple fluir sino la perfección, viene como anillo al dedo. Vamos, a mí me dicen que mañana, al levantarme, -soñoliento, agotado, sin muchas ganas de hacer nada que no sea quedarme en la piltra, como es natural-, debo repetirme quince veces mirándome al espejo: "yo no tengo miedo" (acentúese el "yo"), " yo saldré a comerme el mundo", "yo debo ser más asertivo", etc. y me lo creo. Pues, ¿no hay gente por ahí que lleva a sus hijos a hacer la catequesis y se ve tan natural, cercano y nuestro? Pues lo mismo. Se argumentará que no es idéntico, pero por ahí va.
Por lo menos, Antonio Egar Moniz lo tuvo mucho más claro: si uno es un desgraciado o padece una esquizofrenia que trae loca a la familia, hagámosle una lobotomía o, como hiciera Freeman, que ni siquiera era cirujano, clavémosle un punzón de hielo, con martillazo incluído, entre el comienzo de la nariz y el ángulo interno de la órbita ocular . Era eso, según la ciencia de la época, mano de santo. Más tarde, un paciente suyo le descerrajó ocho tiros y le dieron el Nobel -al neurólogo Moniz, no al paciente-.
Posteriormente, vino la psiquiatría moderna y Castilla del Pino . Se clausuraron manicomios y frenopáticos. Libertad para el enfermo y cadena perpetua para la familia.
Sin embargo, eso es otra historia digna de otro post.
¿Debemos reivindicar la vuelta de la denostada camisa de fuerza? y, en tal caso, ¿para quién?
"Cada esfuerzo por clarificar lo que es ciencia y de generar entusiasmo popular sobre ella es un beneficio para nuestra civilización global. Del mismo modo, demostrar la superficialidad de la superstición, la pseudociencia, el pensamiento new age y el fundamentalismo religioso es un servicio a la civilización."
Carl Sagan






